La primera representa al Padre "El anciano de los tiempos"
con sus barbas en espiral una con giro hacia la izquierda y
la otra en sentido contrario. Expresa los ciclos, involución
- evolución. El espíritu desciende a la materia, para volver
a ascender y poder así auto reconocerse.
La segunda, representa el mundo del "diablo" una vez
descendido el espíritu a la materia, supone la fuerza de
oposición al retorno, la dualidad enfrentada, de ahí que
ambas partes (hemisferios masculino y femenino) quedan
encadenados. Si ahora observamos la lámina nº 15 del Tarot,
comprobaremos que expresa la misma idea.
Ya tenemos al espíritu encarnado en la materia, hecho hombre
y prisionero, divididas y enfrentadas sus dos naturalezas, a
la derecha la razón y a la izquierda el corazón.
Acompañemos a nuestro hombrecito en su camino de ascenso,
observando ambas visiones simultáneamente
Nos situamos frente a la
puerta, y vemos a nuestra mano derecha una cabeza estirando
el cuello, sobre la que camina el hombrecito. Tal como
habíamos deducido antes, lo que queda en el lado derecho de
la arquivolta, se refiere a la mano derecha (hemisferio
izquierdo), o sea la razón. Eso nos muestra la cabeza que se
estira (curiosidad), en contraposición, en la mano izquierda
(hemisferio derecho) "corazón" hay serenidad, paz, sonríe.
El hombrecito lleva una cuerda sobre el hombro y una fea
cabeza sobre la suya. Representa las ataduras al pasado en
esta vida y en anteriores, la ley del Karma y la cabeza fea
es ese demonio acusador que llevamos dentro
(ego), el que nos
habla de culpas, el temor a los fracasos, etc.
Por el contrario, sobre la cabeza del lado izquierdo lo que
vemos es una salamandra (símbolo del fuego), las pasiones,
el impulso creador. El alma sabe que todo acabará siendo
purificado a través de ese fuego, tras perseguir nuestras
pasiones y realizarlas, tomamos consciencia de su vanidad
pues el vacío continúa sin llenarse.

La siguiente
imagen nos muestra al hombre convertido en caballero con el
ego ya dominado por agotamiento, con la lengua afuera. No es
por represión como se domina el ego, sino por comprensión
que generalmente llega por cansancio, cuando te das
cuenta de que en realidad nunca eres tú quien controla, que
las respuestas no están en la razón ya que cada paso hacia
adelante es un paso a lo desconocido, decides dejarte llevar
o sea entrar en el lado femenino que es lo que nos indica la
imagen del otro lado. Una mujer sostiene una copa (grial)
recipiente o contenedor (femenino), de la que bebe la
serpiente de la sabiduría.

Ahora toca vencer al Dragón.
El Dragón representa los cuatro elementos simbólicos que
constituyen la vida en la materia. Como sabemos, el Dragón
escupe fuego por la boca, se arrastra por la tierra como
reptil, tiene alas y también se desenvuelve en el agua. Para
ayudarnos a comprender que esto es así, el constructor
colocó sobre la cabeza (humana) del Dragón una flor con
cuatro pétalos.
Vencer al Dragón significa lo mismo que morir en la cruz. La
cruz también representa el árbol de la vida con cuatro
extremos, los mismos cuatro elementos mencionados.
Morir, vencer o trascender el Fuego:
Ya hemos dicho que el fuego es el símbolo de la energía
creadora, de las pasiones. Tras la experiencia continuada de
dejarse llevar por las pasiones y comprender que una vez
conseguidos nuestros anhelos, la felicidad que esperábamos
tras su consecución es absolutamente efímera y que aquél
vacío que nos impulsaba a la búsqueda continúa sin ser
llenado, no queda otra pasión que satisfacer que la de la
búsqueda del Padre, o sea "La Pasión del Cristo", la del
verdadero amor y la auténtica felicidad. La búsqueda de tu
auténtico lugar en el Cosmos. Esto es lo que significa
trascender el elemento fuego.
Trascender el elemento tierra significa desapegarse de lo
material; una vez hemos comprendido que ningún logro
material termina por satisfacernos, que muy al contrario lo
que acaba sucediendo es que nos esclaviza. Todo está para
ser disfrutado, pero nada puede ser retenido.
El agua es el símbolo de la vida, más concretamente de la
experiencia de vivir. La herramienta encargada de tamizar
dicha experiencia es el cuerpo emocional. Lloramos (agua)
tanto de alegría como de tristeza. Con mucha facilidad
confundimos sentimiento con emoción. El sentimiento es puro
y no depende de lo que pensemos sobre lo que estamos
viviendo, por contra la emoción depende de lo que pensamos
sobre aquello que nos acontece. Por ejemplo, ante la pérdida
de un ser querido, si pensamos que no lo volveremos a ver,
sentimos una honda tristeza y desolación. Si por el
contrario creemos en la reencarnación y sabemos que podemos
seguir comunicándonos con él y que nos volveremos a
encontrar, nuestra emoción varía, aunque siga existiendo un
cierto dolor por la separación, no nos sentimos
profundamente desolados ni hundidos. El sentimiento en
cualquier caso es el mismo, amor por el que se fue; la
emoción en cambio depende de nuestra forma de pensar o
creencia.
Toda emoción conlleva implícitamente una cierta conciencia
de escasez. Nos sentimos tristes cuando creemos perder algo
o tememos perder algo y eufóricos cuando creemos ganar o
encontrar algo que deseábamos o creímos haber perdido. La
conciencia de pérdida o de ganancia es en realidad un
autoengaño que hemos inventando los humanos. Nada es nuestro
realmente (como humanos) y sin embargo, todo está para
nuestro disfrute y aprendizaje como hijos del creador.
Trascender el elemento agua es por tanto, aprender a aceptar
todo lo que la vida nos trae sabiendo que siempre es en
nuestro propio beneficio, en beneficio de nuestro
crecimiento. La emoción es una herramienta fundamental
para a través de ella, tomar conciencia de cual es nuestro
momento evolutivo; siguiendo su pista podemos saber a qué
tememos y por qué, sabemos lo que creemos que nos falta, en
definitiva podemos conocer en qué patrones mentales nos
movemos teniendo así la oportunidad de corregirlos. Cuanto
más equilibrados estamos, menos emociones nos asaltan.
El Aire es símbolo del espíritu, en nuestro caso de el
espíritu individualizado. Saber que formamos parte del Todo
y que no estamos separados, que lo que ocurre a cualquiera
de nosotros afecta al total en mayor o menor grado,
antes o después y actuar en consecuencia, es rendir el ego,
es saberse canal del padre sin dejar por ello de ser
individual, de ahí la frase "En tus manos encomiendo mi
espíritu."
En resumen, vencer al Dragón supone mirar de cara a nuestros
temores más profundos, temores adquiridos en nuestra
experiencia en la vida material, tanto por nosotros como por
nuestros antepasados. El padre de todos ellos es el temor a
la muerte, de él devienen los demás; temor a las
pérdidas, al dolor, al fracaso, a la des ubicación, al
rechazo etc.
Es esto precisamente lo que nos narran todos los cuentos de
Dragones y Princesas. El paladín se enfrenta al Dragón en su
propia cueva sin otra arma que su espada (la espada
simbólicamente representa el poder individual). Se trata de
adentrarse en el interior, en la oscuridad, en lo profundo
de nuestra mente para encontrar la raíz de nuestros temores.
Una vez encarados, comprendidos y aceptados, se disuelven,
pues en realidad nada es tan grave como se imagina. El
Dragón es vencido y el caballero salva así a la Princesa
secuestrada que no es otra cosa que su propia alma, su lado
femenino encadenado por el temor. El Dragón siempre esconde
un tesoro y es la energía largamente retenida que es
liberada. En ese instante el caballero comprende que es rey
de su propia creación y no hay nada a que temer sino acaso a
si mismo y su alegría es indescriptible.

Mientras el hemisferio
izquierdo lucha con el Dragón, el
derecho sabe perfectamente cual es el orden de las cosas, por eso nos
presenta una figura con cabeza humana y casco de soldado
dirigida hacia arriba y su cola es la cabeza del Dragón
mirando hacia abajo. El cuello del Dragón hace un giro
completo y así nos habla de los ciclos y de que todo lo que
de la tierra sale, a la tierra vuelve.

Vencido
el Dragón y sabiéndose dueño de sus propias
creaciones, nuestro hombrecito cambia la espada por los
hábitos; su impulso natural e inevitable es contárselo a los
demás, en definitiva "predicar" y es precisamente lo
que muestran la siguiente pareja de figuritas. Mientras la
razón junta las piezas y elabora los fundamentos de su
prédica, el corazón se reconoce como rey, como espíritu
encarnado en la materia (cuerpo de reptil alado) y despierto
(cola de gallo, el gallo es símbolo del despertar de la
conciencia, es el gallo el primero que canta ante la
inminente salida del sol) y sabe también que a partir de ese
momento dejará de crear por su cuenta ya que ha adquirido la
consciencia de que al crear desde el ego interfiere en la
creación del Padre y los resultados nunca le satisfacen, por
eso se vuelve hacia el Creador, acepta su voluntad, se
convierte en "el cordero" y pliega
la cola de "gallito" hacia abajo.

No queda ya sino hacer la
síntesis que nos muestra la cúspide del arco.
A la derecha tenemos un lobo, a la izquierda un perro y en
el centro un gnomo. ¿Cómo distinguimos al perro del lobo?
Sencillamente por que el de la derecha tiene la cola larga y
las orejas enhiestas, mientras que el de la izquierda tiene
la cola cortada y las orejas gachas simbolizando la sumisión
y así el lobo que era el devorador del cordero en el
hemisferio izquierdo, se convierte en el pastor y guardián
del mismo cordero en el derecho.
¿Por qué un gnomo en la cúspide? Los antiguos sabían bien
que tras de cada manifestación, que tras de cada cosa existe
un espíritu. El espíritu no es otra cosa que su razón de ser
y tal espíritu era representado en forma humana, animal,
vegetal o híbrida. Del mismo modo que comenzamos la lectura
del arco con la salamandra como espíritu elemental del
fuego, concluimos con el gnomo como el espíritu elemental de
la Tierra, que es donde toda la acción se desarrolla.

Por último, verás al cordero en el centro de la columna
debajo del anciano de los tiempos.
Tómate tu tiempo para meditar sobre el maravilloso mensaje
que nos dejaron en la piedra nuestros antepasados en el
siglo XII.
Carlos Galindo
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